Rebelde con línea

Sé quién eres, maldita, deja de mandarme mensajes. No sabes con quién te estás metiendo. La exquisita voz se coló en medio de mi sueño, desde mi celular, a la nada amable hora de las 8 de la mañana.-¿Perdón? ¿Mensajes? No sé de qué me habla.

Yo no le he enviado mensajes a usted. Es más, ¡no sé quién es usted! ¿Está segura de que los mensajes son de mi número?-Me llamo Alicia. Y sí, es tu número. Maldita. Después de tutearme a su regalado gusto, la doña colgó sin más. Miré el número del que había llamado y era un teléfono público. Obvio. Me quedé más desconcertada que Rafael Rey ante una caja de condones fosforescentes. Revisé mi lista de Alicias y no había ninguna, salvo la competente –y correcta- veterinaria que atiende a Bebo y Piki, mis dos pegajosos cockers.

¿Mensajes de mi teléfono? Imposible. Nadie más que yo lo usa. Me puse a calcular las probabilidades de que alguien pueda enviar mensajes desde un celular ajeno y llegué a la conclusión de que eso era imposible. Lo más triste de la historia es que se me fue el sueño por completo.Había olvidado el incidente cuando, a eso del mediodía, recibí un mensaje.

Firmaba un tal Oscar. Y ponía su número: 95075419. -Conmigo no te metas, maldita infeliz, sé quién eres, devuelve la máquina, sigues igual, das lástima.A esas alturas ya empezaba a dudar de la realidad. Intrigado, mi marido llamó al tal Oscar y le respondió la tal Alicia que le juró que había recibido cinco mensajes insultantes desde mi celular, que su esposo era policía y que, es más, hasta sabía quién le enviaba esos mensajes: una tal Carola a la que yo nunca he visto ni en pelea de cockers.

Y, como comprenderán, estoy aterrada de que mi celular siga enviando mensajes ofensivos y de que me sigan llamando a horas infames para insultarme y exigirme que devuelva una máquina de la que ni siquiera sé si es una máquina fotográfica, podadora, tejedora o ensambladora.

Decidí contarles esta historia –real- porque tengo la grave sospecha de que, como en la perturbadora novela de Asimov en la que los robots comienzan a actuar por cuenta propia, los celulares cobran identidad y envían mensajes a teléfonos de gente agresiva que jamás entenderá que yo no soy Carola y que nunca he enviado un mensaje insultante y que no tengo máquina que entregar, salvo la máquina de afeitar de mi marido que hurto de vez en cuando para (oops!) depilarme las piernas. O, probabilidad todavía más remota, estoy en la dimensión desconocida y mi vida se ha convertido un talk show callejonero por culpa de este celular vengativo que, les juro, parece que sonriera cada vez que le susurro Carola.

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